Cuando se abre el archivo de Pat Morita, uno encuentra al hombre, el que estuvo enfermo tantos
años y fue confinado en un campo de concentración, al que pudo llegar a
co-protagonizar una película, y al hombre de familia, papá.
Morita
estuvo varios años internado en su niñez, enyesado, y con diagnósticos
negativos:
“No volverá a caminar”, le habían dicho.
Eran los tiempos de la Segunda
Guerra Mundial, del enfrentamiento con Japón, y Franklin
Delano Roosevelt decidió firmar un decreto para recluir a ciudadanos japoneses,
o sus descendientes, en campos de concentración, para que no pudieran espiar
los movimientos de tropas norteamericanas.
Morita,
de 11 años, se sintió importante porque un tipo del FBI, armado, lo escoltó desde el hospital, donde había pasado
varios años, hasta el Centro de
Relocalización de Gila.
“A los norteamericanos nos gustan los eufemismos. No
eran “centros de relocalización” Eran campos de concentración. Punto.”